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viernes, 17 de noviembre de 2017

UN ELENCO DE PERROS, en marzo

La editorial madrileña PLAYA DE ÁKABA publicará el próximo marzo (sí, ya sé que todavía queda mucho tiempo, pero hay que empezar a moverla ya...) mi nueva novela: UN ELENCO DE PERROS. Este mi sexto libro es un homenaje al teatro español y al género de la picaresca. Bajo una estructura que pretende emular la de una comedia clásica, la novela se mueve entre el Lazarillo y la magistral La conjura de los necios; y está empeñada en hacer pensar y en provocar la carcajada del lector.
La editorial Playa de Ákaba la ha puesto ya en pre-venta. Si la adquirís ahora pagáis menos y la tenéis antes de que llegue a las librerías... Esta es la dirección de contacto:
https://espacioulises.com/libreria/un-elenco-de-perros/

Dramaturgos en ciernes, traficantes de grifa, actrices dispuestas a todo con tal de triunfar, estudiantes menesterosos que no tienen donde caerse muertos, algún muerto (no podía faltar), políticos clandestinos, matones sentimentales, confabuladores de pacotilla, policías sin escrúpulos, analfabetos que se creen criptógrafos… son algunos de los actores que conforman este Elenco de perros. Entre verdades y mentiras y siempre con la sonrisa en los labios, nos dejamos conducir por una trama envolvente, dinámica y atractiva en la que, a la postre, nada es lo que parece.
Como ya sucediera en las anteriores novelas del autor, únicamente el lector es dueño de las claves con las que se completa el mosaico final.

Más adelante iré mostrándoos algunos capítulos para picaros la curiosidad...



sábado, 21 de octubre de 2017

LARGA REFLEXIÓN SOBRE LA LITERATURA EN VALENCIANO



Resultado de imagen de libros    Aquellos que han tenido la obligación de soportarme como orador, sobre todo pienso en mis sufridos alumnos, saben que soy un profesor que tiende a la reflexión diletante. Me explico: sé cómo empezar, conozco la conclusión de mi discurso; pero en el transcurso de la exposición tiendo a saltar de un tema a otro, a conectar una idea con otra, de tal modo que más bien me asemejo a una abeja que vuela de flor en flor aprovechándose del alimento que pueda extraer en cada una de sus paradas. Digo esto, al inicio de este escrito, por si algún lector decide no continuar o, de hacerlo, advierte que mi pensamiento se mueve y viaja demasiado. No hay que preocuparse: sé dónde quiero llegar. El artículo es largo. Lo advierto en para aquellos adictos a la inmediatez: el conocimiento requiere tiempo.

    A partir de aquí utilizaré términos como “lengua”, “habla”, “idioma” o, incluso, “lenguaje” como si fueran sinónimos. No lo son. Cualquier estudioso de las lenguas (lingüista o filólogo) sabe que hay diferencias notables entre ellos y que están muy lejos de ser sinónimos. Aquí, sin embargo, en este escrito que no está destinado únicamente a los lectores especializados en esta rama del saber, los emplearé de modo indistinto y para referirme al mismo concepto; a saber: la capacidad que el ser humano posee de comunicarse mediante el empleo de símbolos lingüísticos convenientemente organizados y relacionados entre sí.

    Sucede que cuando las personas se ponen a hablar de la “lengua”, en la mayoría de los casos hablan demasiado… O lo que es lo mismo, hablan sin poseer los fundamentos necesarios para hacerlo. Sucede que por el hecho de utilizar una herramienta (como el lenguaje) no estamos capacitados para hablar “seriamente” sobre ella. Durante casi medio siglo he utilizado mi corazón para vivir, pero no se me ocurriría discutir o intentar enmendarle la plana a un cardiólogo; y eso que en mi época escolar aprendí las partes del corazón: que si válvulas, que si ventrículos, etc. Utilizo el reproductor de DVD todos los días y, desde luego, no me pasa por la cabeza ponerme a hurgar en él si tengo un problema. Se pueden utilizar las cosas sin saber realmente cómo funcionan. Y no pasa nada, no hay nada malo en ello. No es nuestra obligación saber el funcionamiento de todo lo que empleamos.

    Después de estos párrafos preliminares, ha llegado el momento de presentarme. Los que tenéis la paciencia (gracias) de dejaros caer de cuando en cuando por este mi blog, ya me conocéis; sin embargo, pudiera darse el caso de que alguien decidiera ingresar en este pequeño grupo (gracias) y, por tanto, no supiera nada o muy poco sobre quien esto escribe.

    Me llaman Pepe (puesto que, normalmente, yo, cuando me llamo, me llamo “yo”), aunque también admito que algunos, los más próximos por parentesco o amistad, me llamen Pepito. Alguno hay que me llama “¡Eh, tú!”, o Josep, o Pep, o don Pepe o don José o don Josep, si está de broma. Durante los muchos años en que estuve dando clase por diversos institutos de Andalucía, me llamaban “¡Eh, maestro!”. Esto del nombre tampoco tiene mucha importancia. Al fin y al cabo es una decisión que no tomas tú, que te viene dada desde el nacimiento (o incluso antes), y por tanto darle importancia o mérito a ello es absurdo. Lo mismo que no hay nombres más o menos bonitos. Hay los que hay, y ya está. A todo se habitúan las personas. Vanagloriarse del nombre es como estar orgulloso de tu estatura o de tu color de ojos. Hay que ser muy cretino para jactarse de algo que no has conseguido tú y que, por tanto, carece de cualquier mérito.

Resultado de imagen de biar    Lo que decía: me llaman Pepe y tengo 47 años. Estudié (y acabé) la carrera de Filología Hispánica (que ahora se llama de otro modo: ¡más nombres!), alcanzando incluso el grado de Doctor. De esto sí, de esto sí se puede estar orgulloso… pero no del tamaño de tus pies. Desde que tengo uso de razón me ha apasionado el lenguaje humano y lo que nuestra especie, cuando ha querido, ha sido capaz de hacer con él. Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, sigo aprendiendo: no solo en las clases, con mis alumnos, sino en mi casa, entre mis libros. Tanto es así que, como me aburría, inicié hace muchos años la carrera de Filología Inglesa (que tampoco se llama así; pero nos entendemos…) y todavía ando en ella, peleándome con palabras realmente enrevesadas.

    Nací, crecí, estudié (salvo algunos años en que necesariamente tuve que irme fuera), me casé… y vivo en Biar, que es un pueblo de la provincia de Alicante. Un lugar pequeño y cómodo, bien comunicado, con todo lo realmente necesario para vivir (los “caprichos” no son necesarios, me parece) que tiene, según los años, entre 3.500 y 3.600 habitantes. Nunca ha llegado a 3.700.

    Cualquiera que conozca su ubicación sabrá que se trata de un pueblo de los denominados “fronterizos” refiriéndose a la convivencia entre lugares castellanos/ lugares valencianos que se da en la provincia de Alicante. Solo lo dejo caer: quizás vaya siendo hora de que a alguien se le ocurra homenajear como se merece la gran labor de “contención lingüística” (no es un término bélico) que las localidades fronterizas realizan. Los pueblos no-fronterizos siempre han mirado un poco por encima del hombro a los fronterizos, sobre todo porque su lengua ha sufrido unas variaciones que aquellos no han tenido. Y parecen olvidar que, de no existir estos pueblos fronterizos, ellos, los ahora no-fronterizos, serían los “influidos” por la otra lengua. En fin, ahora me doy cuenta de que he escrito una especie de trabalenguas; solo espero que se me haya entendido bien. ¿Sí? Pues continúo…

    Soy lo que se dice normalmente una persona valenciano hablante (o parlante, que lo mismo da). Confieso que el calificativo no me gusta nada. Me produce una sensación extraña: es como si, pudiendo utilizar las dos piernas para andar, me empeñe en andar a la pata coja. Creo que la palabra correcta para expresar mi situación (y la de otros miles de personas, de cientos de miles de personas) es que somos bilingües. Claro que, en esto del bilingüismo, también existen sus particularidades. ¿Hasta qué punto se es o no se es bilingüe? ¿Cuántas palabras ha de saberse una persona para serlo o no serlo? Lo que está claro es que los que afortunadamente somos bilingües sabemos muy bien en qué consiste esto del bilingüismo: la capacidad de cambiar de un idioma a otro en una misma conversación, de manera automática, inadvertidamente; la capacidad de “vivir” mediante dos lenguas.

    Porque aquí también hay un mito que conviene ir desterrando: ¿en qué idioma piensas tú? Pues bien, te dicen, esa es tu lengua madre. Como si fuera tan sencillo. Ahora estoy pensando en castellano porque es el idioma que utilizo para crear este texto. Hace una hora, mientras comía con mi familia, pensaba en valenciano porque era esa la lengua que empleábamos para hablar entre nosotros. Cuando estoy dando clases a mis alumnos pienso en castellano porque esa es la lengua que empleo para transmitirles información. Si veo una película en castellano es así como mi cerebro registra y descifra la información. ¿O es que voy traduciéndola al valenciano conforme los personajes hablan en la pantalla? Absurdo. Tendría que ir deteniéndola cada dos minutos para procesar la información… Eso de que “yo pienso en valenciano” y luego “lo paso al castellano”; o viceversa… no es cierto. Al menos en mi caso no lo es y, creo, que no lo es en el caso de los miles de personas que conozco y que son bilingües. Y que reflexionan de cuando en cuando sobre cuestiones tan intrascendentes como esta. Voy a decir “el llibre” y pienso, “lo diré en castellano: el libro”; voy a decir “és meu” y pienso, “lo diré en castellano: es mío”. Ninguna persona bilingüe habla o piensa así. Otra cosa es que los políticos de turno nos hagan creer que estudiando inglés o francés en el colegio (o donde sea) nos vaya a convertir en bilingües. Sabremos ese idioma mejor o peor, con mayor o menor fluidez; pero hasta que no “vivamos” en, con y a través de él, no seremos bilingües.

Resultado de imagen de Pep Calero    Retomando: que eso de pasar o no pasar a una lengua u otra es un mito. El bilingüismo no puede permitirse ese despliegue (y desperdicio) de energía. Pensamos (si es que pensamos, claro, porque tampoco es una actividad que se dé con mucha frecuencia; la mayoría de las veces simplemente vivimos, nos comunicamos, damos alguna información para recibir otra —más información—); decía, pensamos en la misma lengua que empleamos para hablar. Admito que a determinadas edades (antes de los seis o siete años, depende del niño) o por cuestiones de “aislamiento cultural” (pienso en personas que vivieron hace un siglo y que nunca salieron de Biar) esta situación de trasvase de palabras de una lengua a otra pueda darse o pudo haberse dado; pero desde hace casi medio siglo (que es mi edad), ya no existe. Al menos yo no la he experimentado nunca. Que la creencia perviva en muchas personas, no lo niego. Por eso remito al lector al tercer párrafo de este documento.

    Pido un poco de paciencia. Vamos avanzando. Espero, durante el trayecto, no aburriros mucho y, en cambio, haceros reflexionar sobre cuestiones que voy dejando caer como quien no quiere la cosa…

    No lo había dicho; lo digo ahora. También escribo, es decir, que he tenido la suerte de haber visto mi nombre en media docena de libros publicados, principalmente novelas. Novelas que, inevitablemente, he de presentar ante diversos auditorios y de las que debo hablar para intentar convencer al público de que mi libro es fenomenal y no pueden perdérselo bajo ningún concepto.

    Muchas veces, dependiendo del lugar, la localidad, donde presente mi trabajo, surge una pregunta que es ya casi una especie de estribillo que se repite: “¿por qué si eres una persona valenciano hablante, no escribes en valenciano?” La respuesta que les digo es siempre la misma: “Porque no sé”. Y ahora me doy cuenta de que no es la mejor respuesta, de que es una respuesta cómoda por ser breve; pero es una respuesta incompleta. Hora es ya de que exponga mis motivos para no escribir en valenciano. Motivos que son, por supuesto, míos y ya está. No pretendo que nadie esté de acuerdo con ellos o los rechace. Los motivos son personales y, realmente, no necesitan ninguna justificación porque pertenecen a la libertad de cada cual de actuar como le plazca (siempre dentro de la legalidad y las normas de una convivencia civilizada, claro).

    Lo primero. Existe una lengua (abstracta) que un grupo de personas utiliza (el habla) en una determinada ubicación geográfica. A esa lengua se la denomina, de un modo general, “catalán” o lengua catalana. Lo cierto es que no existe como tal, pues cada uno de sus usuarios la emplea según juzga conveniente o según su realidad física determine: es decir, que no hay dos personas que hablen exactamente igual porque no hay dos personas que posean la misma estructura física. Así que, en el ámbito lingüístico, nadie habla la “lengua catalana pura” (ni la castellana, ni la inglesa, ni la china…); sino que cada individuo de esa comunidad emplea una variante de ella. Sucede que, para que no existan miles o millones de variantes, los lingüistas han decidido crear diversos grupos según las semejanzas a la hora de utilizar esta lengua. Es lo que se conoce por variantes o dialectos. Palabra esta que suele tener un cariz peyorativo, como si todos los idiomas no fuesen, en el fondo, dialectos de idiomas anteriores… Evidentemente, este proceso que aquí describo se da en todas las lenguas de la tierra (por “pequeñas”, en cuanto a número de hablantes, que sean) y quien crea que solo se da en la “lengua catalana”… mejor que no siga leyendo.

    El valenciano es una variante de esa lengua abstracta que hemos denominado “catalán”. Y quien no quiera verlo así… de nuevo le remito al tercer párrafo. Digamos que existe una distancia igual o semejante entre el valenciano y la “lengua catalana” a la que existe entre la “lengua castellana” y el castellano hablado en Cádiz o en Tegucigalpa. Otra cuestión es cuándo se decide que un dialecto deja de ser tal para erigirse como lengua “independiente”. ¿Cuándo el catalán se convirtió en tal y dejó de ser una variante o dialecto del latín? Es una cuestión interesante que rebasa la intención de este artículo que, como el lector recordará, se titulaba (se sigue titulando) “Reflexiones sobre la literatura en valenciano”.

    Dejado esto claro, continúa la pregunta: “¿por qué no escribes en valenciano?”

Resultado de imagen de lteras    Lo segundo. Cualquiera que haya leído con cierto detenimiento, o que haya escrito alguna cosa más allá de la lista de la compra (o incluso solo esto), habrá advertido que nunca se habla tal y como se escribe; y viceversa: que nunca se escribe tal y como se habla. Pero no ahora, en estos tiempos: nunca se escribió del mismo modo en que se habló. Ni Virgilio ni Homero escribían igual que hablaban; ni mucho menos Góngora (y quien lo lea no podrá ponerlo en duda); ni siquiera Cervantes… Nadie escribe tal y como habla. Creo que Enric Belda (un escritor de literatura juvenil) no escribe como habla. Sé que mi amigo el poeta Pep Calero (y lo cito a él porque estoy seguro de que no se molestará) no habla tal y como escribe. Si alguien lee a Antonio Muñoz Molina y luego lo escucha advertirá que es andaluz (nacido en Úbeda) y que, evidentemente, hay una distancia entre su escritura y su dicción. Siempre fue así y siempre lo será. Si hay que ponerle un nombre a esto diríamos que es el “uso literario” de la lengua. Es decir, existe una especie de diglosia, a pequeña escala, mediante la que se crean dos niveles de lenguaje: el lenguaje de la cotidianidad y el literario. Y todo lector y todo escritor lo saben, entran en este juego, son conscientes de que son dos ámbitos distintos.

    Continúa la pregunta: “¿por qué no escribes en valenciano?”

    Lo tercero. Los jóvenes no leen. En este país no se lee. Los índices de lectura están por los suelos. En otros países se lee mucho más. Son enunciados que continuamente aparecen en los medios de comunicación y que algunos, entre ellos algunos amigos, terminan por creerse.

    Los jóvenes leen lo mismo que leían hace cincuenta años; es decir, leen los cuatro o cinco “raritos” que también había en mi generación (y entre los que estaba yo, claro). Lo que se demuestra con los “índices” es la venta de libros, no la lectura de libros. Y se realizan encuestas… ¿Siempre ha contestado sinceramente a una encuesta; cree que los jóvenes son sinceros cuando responden a cualquier pregunta —por ejemplo, ¿a qué hora volviste anoche? ¿Que se lee más en otros países? ¿En EE.UU.? ¿Alguien se cree que si los estadounidenses leyeran a Paul Auster, a John Irving, a Chomsky; o a Mark Twain, a Poe, a Melville… hubieran votado a Donald Trump como presidente? ¿Alguien piensa que si los británicos leyeran a Dickens, a Trollope, a Chesterton, a Wells, a Shaw, a Martin Amis, a Julian Barnes, a David Lodge… hubieran votado el Brexit? Seamos serios: no se lee ni aquí ni allí ni en ninguna parte. Más allá de los lectores contados que surgen en cada generación, nadie más lee. Hay personas que no leen un libro en su vida (ni siquiera en su etapa escolar), y otras que leen un centenar cada año. Hay escritores que no leen, salvo lo que ellos mismos escriben. No exagero. Pero siempre ha sido así. Los apocalípticos que claman por el final de la lectura parecen creer que hubo un tiempo, una Edad de Oro, en que todos los seres de este planeta andaban con un libro abierto… Bien es cierto que la mayor alfabetización y el aumento espectacular de estudiantes universitarios debería haber incrementado los índices de lectura en este país; pero es que estos adelantos culturales han coincidido con la aparición y el auge de nuevos entretenimientos mucho más cómodos, como fue, en su época, la televisión y ahora la irrupción de las nuevas tecnologías.

    Vivo, convivo diariamente, me muevo constantemente entre jóvenes de entre doce y dieciocho años. Los oigo hablar, presto oído a sus comentarios, recojo sus conversaciones cuando los sobrepaso en el pasillo; algunas veces ellos mismos me transmiten sus dudas y sus necesidades. Hay un sentimiento que noto en la mayoría de ellos, en la inmensa mayoría de ellos, cuando me hablan sobre los libros escritos en valenciano que leen: es el sentimiento de “extrañeza”. Y ese es el mismo que yo he hallado las veces en que he comenzado a escribir en valenciano: “extrañeza”. En mí puede achacarse a que no tuve una educación en valenciano, no me enseñaron a escribirlo ni a leerlo. Tuve que aprender de manera autónoma y, por tanto, deficitaria. ¿Pero en los jóvenes de hoy en día? ¿Sobre todo en los jóvenes bilingües que son a los que llevo dando clase durante más de diez años y que desde su ingreso en la escuela, ya hora ya en el instituto, reciben el 80% de las asignaturas en valenciano? Por suerte (sí, por suerte) ahora los jóvenes de mi entorno son bilingües completos. Yo solo soy un bilingüe oral que entiende y habla en valenciano y castellano. En lo referente a la lectura y a la escritura tengo muchas deficiencias: puedo entender lo que leo, pero no con la fluidez con que lo hace, por ejemplo, mi hija; podría escribir, si me lo propusiera, pero no con la naturalidad con que lo hace mi hijo. Y doy gracias porque han tenido la oportunidad de poder aprender y aprehender (que no es lo mismo, aunque lo parezca) dos lenguas con todas sus competencias de recepción de información y de creación y transmisión de información.

    Pero la pregunta continúa: “¿por qué no escribes en valenciano?”

   “Extrañeza”: esa es la palabra clave. Cojo los libros de mi hija (literatura juvenil), compro y leo novelas que requieren un público más formado… Y en todos ellos hallo lo mismo, el mismo sentimiento: “extrañeza”.

    Comentaba con anterioridad que existe la lengua cotidiana y la lengua literaria. La extrañeza es la franja, el abismo, que separa una lengua de otra. La distancia entre la lengua cotidiana de Muñoz Molina y su lengua literaria es mucho menor que la que existe entre mi lengua cotidiana (valenciana) y la lengua literaria (valenciana) con la que debo escribir. Y los jóvenes sienten lo mismo. La lengua que leen no es la que hablan. La distancia entre ambas es enorme. Como muestra un botón: leo “el meu oncle”, leo “el cap de la policia secreta”. Han pasado casi quinientos alumnos distintos por mis aulas. He conversado con ellos (en valenciano) en los minutos previos a las clases, en los recreos: todos han dicho “el meu tio o mon tio”, “el jefe de la policia secreta”. Esta es la extrañeza que también siento yo. Se me dirá: el sonido “jota” no existe en esta lengua valenciana. Bien, hagamos que exista. Tampoco existía el sonido [ ʃ ] en castellano y se introdujo “show” y ningún académico se arrojó por el balcón. Una lengua está viva y ha de nutrirse de todo aquello que la ayude crecer. Lo que leo en valenciano me parece tan “antiguo” (hablo, principalmente, del léxico; de unas reglas ortográficas que, en algunas cuestiones, me parecen un auténtico desperdicio de energía: ¿son necesarias cuatro grafías —s, ss, c, ç— para transcribir un único sonido? Se me dirá: también existe este “problema” en otras lenguas. No digo que no, pero esa respuesta no me consuela ni da una solución); leo un léxico tan alejado a lo que escucho por la calle que, evidente, no es extraño que surja la extrañeza (y valga la redundancia). ¿Qué hacer entonces? No sé. Pero sé que si una lengua no se “abre”, que si no se “aligera”… está condenada a la marginalidad.


Resultado de imagen de vicent satorres calabuig     Un ejemplo propio. No escribo en valenciano, no puedo por esa causa que he intentado explicar. Sin embargo, dos de mis novelas sí las he traducido al valenciano. Puzle de sangre, escrita con Mario Martínez Gomis, y Morirás muchas veces. Con la ayuda del Salt, de un vocabulario y la supervisión de mis amigos (y también filólogos) Pep Vañó y Pep Calero, conseguí llevar a cabo sendas traducciones. Traducir es diferente que escribir: no es crear, propiamente dicho… es más bien volver a pintar con otros colores un cuadro que ya existe. La acción es más ajena y, por tanto, el traductor no se implica tanto: el material ya le viene dado, solo tiene que cambiar su aspecto. Pues bien, ingenuo de mí, envié las traducciones a algunas editoriales de libros en valenciano. Nones. ¿Para qué publicarlas si ya están en castellano? Como conocía (y conozco) a una editora catalana que vive en Madrid y que en su editorial madrileña publica libros en ambos idiomas, catalán y castellano, le envié mi Morirás muchas veces (cuyo título había traducido por Morirás moltes voltes). La respuesta fue casi inmediata: si lo publicaba debía cambiar el título: Morirás moltes vegades. García Márquez, Carlos Fuentes, Julio Cortázar o Vargas Llosa, ¿cambiaron palabras, expresiones, giros, variantes del castellano cuando publicaron sus novelas en España? Lo dudo mucho puesto que precisamente esas variantes son las que confieren grandeza a una lengua. En fin, una lengua que se resiste a la apertura… no es una lengua con la que pueda escribir a gusto.


     En conclusión, ¿por qué no escribes en valenciano? Porque no me siento a gusto con la lengua literaria que he de utilizar, porque la grieta producida por la “extrañeza” es todavía demasiado grande.
Resultado de imagen de pren la paraula josep lacreuSin embargo, quizás haya alguna esperanza. Ayer asistí a la presentación de varios libros a cargo del escritor, traductor y profesor Vicent Satorres, natural de Bocairent. Fue una charla realmente interesante que giró principalmente en torno a la figura y la obra de Vicente Blasco Ibáñez de quien el mencionado erudito había traducido dos novelas al valenciano: La barraca y Flor de maig. Además, presentó y habló sobre un libro de artículos, Pren la paraula, de Josep Lacreu. Me pareció que Satorres también defendía la eliminación o, al menos, el adelgazamiento (por que una supresión total es imposible en cualquier lengua) de esa “extrañeza” a la que yo he aludido y que ha sido el acicate para escribir este extenso artículo. No sé. Cuando lea los libros de Blasco Ibáñez y el de Josep Lacreu quizás encuentre esa solución que me facilite la escritura en una lengua que, evidentemente, amo. El inicio de Pren la paraula parece prometedor: “La llengua —qualsevol llengua— està sotmesa a un procés de mutació constant. Els parlants aprenen un codi que van transformant amb l’ús”. Si acaso, ya os diré más adelante… Y si no fuera así, me basta con recordar una anécdota que me contó no sé si Paloma Martínez o Biel Sansano (cito a los dos porque la memoria me falla y no quisiera que mi olvido dejara huérfana una anécdota que tiene dueño o dueña): Manuel Vicent, también bilingüe como un servidor, hablaba un día con Joan Fuster y el, por aquel entonces, joven autor se lamentaba ante el maestro y casi pedía disculpas por no escribir en valenciano. Imagino que, como a mí, también nos poseía esa “extrañeza”. Fuster lo calmó: no tenía que justificar nada, ¿o es que acaso el castellano hablado en nuestra tierra no es también la lengua de los valencianos?

     Gracias por vuestra paciencia.


 Los fotografías son imágenes de Pep Calero y de Vicent Satorres.

sábado, 30 de septiembre de 2017

EL VIAJERO ABSURDO, de José Guix

RISAS SERIAS, REFLEXIONES ABSURDAS


José Guix nos invita a contemplar el mecanismo sobre el que se asienta la Humanidad… y a reírnos de su seriedad absurda


       Lo cierto es que no soy muy dado a leer libros de relatos porque prefiero la tensión sostenida, la carrera de fondo o medio fondo antes que el relámpago breve, el latigazo agudo. Sin embargo, hay ocasiones en las que me decanto por este subgénero narrativo y me “zampo” un libro de cuentos. No es baladí el empleo del verbo entrecomillado, porque eso es exactamente lo que ha ocurrido en esta ocasión.

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      El viajero absurdo, la propuesta inteligentemente humorística de José Guix (Valencia, 1975), es uno de esos libros que es imposible dejar de leer, aunque la razón te sugiera que es mejor dosificarlo, saborear cada uno de los bocados exquisitos que lo componen y no atiborrarte de una sentada.

      El volumen lo forman 31 relatos de extensión diversa, pero siempre breve. Claro está que algunos de ellos se asemejan a un chiste alargado, que otros obedecen, sin duda, a aquello que los ingleses llaman “inside joke”, es decir, un chascarrillo coyuntural y que solo entiende un grupo seleccionado de personas que comparten las mismas vivencias. Pero estas deficiencias —que son perdonables al tratarse del primer libro publicado por el autor— son claramente superadas por las bondades de un volumen que uno desea, una vez concluido, volver a releer, picoteando de un relato a otro, relamiéndose con las ocurrencias del autor y las peripecias y vicisitudes que afronta su protagonista, Tuz Kutimon (pronúnciese como palabra llana).

       Todas la historias están escritas en primera persona y narradas a través del punto de vista del tal Kutimon, que se autodefine como loco desde la primera línea del libro: «El día en que me volví loco, cuando el médico de la cabeza me dijo que mi azotea estaba considerable e irremisiblemente deteriorada, se me cayó el alma a los pies con tan mala suerte que tropecé con ella, la pisé y me fui de bruces contra el suelo». Afirmaba Hemingway que la primera oración de una historia debe marcar el ritmo y el tono a seguir; como buen alumno, José Guix regala al lector este primer enunciado que nos advierte y previene de lo que vamos a encontrar en el centenar de páginas siguientes: un humor sin complejos; juegos idiomáticos y disquisiciones léxicas que cuestionan nuestra aprehensión del mundo; crítica soterrada bajo la descripción de acciones desternillantes, descacharrantes, estrambóticas y descabelladas que muy bien pueden ser tildadas de surrealistas. El poeta René Daumal, al definir el Surrealismo, decía que “había que llevar la evidencia hasta el absurdo”. La propuesta de José Guix se guía, con éxito, por esta premisa. A todo ello, además, hay que añadir finales truncados que tienen en el fondo muy mala leche, pues nos dejan con una sonrisa, pero también sumidos en la ignorancia de los cuentos sin concluir; finales pretendidamente estrambóticos que o bien enlazan con otros relatos anteriores y posteriores, o bien rompen el clímax del cuento y añaden una nota discordante que siembra en nuestras mentes la semilla de la reflexión.

Resultado de imagen de el viajero absurdo jose guix      Confieso que durante la lectura no he podido dejar de pensar en Los viajes de Gulliver que Swift utilizara para fustigar los vicios de sus contemporáneos; en la cara de sorpresa continua del protagonista de Brazil, la película de Gilliam; en los diálogos marxistas (por los hermanos Marx, claro) que tanto me han hecho reír; en las peripecias en que Brecht sumergió a su señor Keuner; en algunos relatos humorísticos de Poe en donde los cuerdos eran locos y viceversa; en las disquisiciones de Pascal en torno al comportamiento humano y el entretenimiento; en el innominado detective lunático de Eduardo Mendoza; en el mundo soñado de Descartes. Pero sobre todo en la sensación de estar disfrutando de una revisión humorística, y nada pretenciosa, de El Principito y sus viajes… porque sí, será todo lo lírico que se quiera (y más), pero no me negarán que, en ocasiones, el muchachito y su narrador resultan un poco repelentes y un mucho cargantes.

      Kutimon, el protagonista de El viajero absurdo, se erige como una especie de filósofo con retranca y sarcasmo, que bajo el relato de alocadas e irreales (o su contrario: surreales) aventuras pone en solfa algunas de las “verdades” de la vida y nos muestra su mecanismo.

    
     Concluyendo: todo un goce para los buenos aficionados a la literatura.

José Guix,

El viajero absurdo,

Ediciones Oblicuas, 2017. 115 páginas

sábado, 23 de septiembre de 2017

EL SECRETO DE ORCELIS, de Manuel Mira Candel


Resultado de imagen de el secreto de Orcelis     Dándole la vuelta al conocido adagio, podemos asegurar que no hay novela buena que no contenga algo malo. El secreto de Orcelis (Premio Azorín de Novela 2004) de Manuel Mira (Orihuela, 1945) es un ejemplo paradigmático de ello: si en conjunto podemos considerarla como una novela aceptable y bien escrita, no por ello debemos dejar de señalar ciertos altibajos en su desarrollo, sobre todo en las primeras páginas, las cuales se nos presentan demasiado farragosas, repetitivas.
     

        En Apostillas a El nombre de la rosa Umberto Eco argumentaba que cada autor debe elegir y seleccionar a su lector modelo: una complicación o un desarrollo lento en las páginas iniciales supone una criba que delimita el número de lectores que se verán agraciados con el regalo posterior. Algo similar parece desprenderse de la novela de Manuel Mira: el primer capítulo se muestra repetitivo, exigente en demasía (sobre todo en las escenas que tienen lugar en el avión); situación que se relaja un poco en el segundo capítulo, pero que aún así presenta una acción demasiado diluida, rebajando la tensión que debería transmitir al lector.
Pero una vez superado este escollo hemos de admitir que la novela no defrauda.
        
       La obra, compuesta de seis extensos capítulos, está narrada en primera persona. No obstante el narrador y protagonista, Teodomiro Arango, recupera testimonios (mediante cartas, diálogos y grabaciones) de otros personajes; de tal modo que la novela contiene múltiples perspectivas: la focalización se rompe y se convierte en un mosaico. Cada personaje pone su pequeña piedrecita; el narrador será quien en última instancia —como un artesano— las una todas para confeccionar la obra de arte. Antes de entrar en el quirófano, donde le será realizada una delicada operación coronaria, el escritor Teodomiro Arango pasa revista a una vida regida por una obsesión: las tribulaciones de su abuelo, don Bartolomé Arango, desde que la suerte navideña decidió convertirlo en millonario a principios del siglo XX hasta su muerte en 1949. Una vida repleta de sobresaltos y ocultada por el silencio de la familia, que la consideró deshonrosa. A través de la reconstrucción que realiza su nieto vamos comprendiendo y descubriendo esa supuesta vida poco honesta del abuelo.

     La narración va alterando el pasado del homenajeado con el presente del narrador, temeroso y dubitativo ante la operación inminente. Al final el secreto del título nos es desvelado y comprendemos que, como ya dijo Pascal, el proceso de la caza siempre fue más interesante que la pieza cobrada. El milenario recurso del amor es el arcano oculto que se nos revela. Pero también comprendemos que en ese proceso, en esa búsqueda de datos, el propio narrador se ha definido como persona. Ejemplos de este tipo de novela-búsqueda son múltiples en la literatura española de las últimas décadas: desde Beatus Ille de Muñoz Molina hasta La gran ilusión de Sánchez Ortiz, pasando por El expediente del náufrago de Luis Mateo Díez. La novela de Manuel Mira es una muestra más de este tipo de ficción que, desde luego, no desmerece de sus antecesoras.

Resultado de imagen de manuel mira candel      La constante referencia a un cuadro (como ocurriera en El jinete polaco de Muñoz Molina) que perteneció al abuelo Arango sirve de leit-motiv y excusa para la reconstrucción de una vida intensa y, de pasada, el homenaje a una ciudad. A nadie escapa que bajo el topónimo ficticio de Orcelis se oculta Orihuela. No es práctica inusual en la literatura. Basta recordar la Vetusta de Clarín (Oviedo), Yécora de Baroja (Yecla), Mágina de Muñoz Molina (Úbeda) o la propia Orihuela, a la que Gabriel Miró convirtió en Oleza. Evidentemente el autor no pretende engañar a nadie: es su capacidad para crear ficciones lo que reivindica al utilizar este mecanismo literario. Bautizar con un nombre nuevo a una localidad es también dotarla de un nuevo rostro: ya no es necesario describir ni retratar detalladamente los lugares y las personas de la urbe en un afán realista y verídico. La libertad de movimientos es, entonces, mucho mayor. Y el lector lo agradece.


     La novela es también un homenaje, o si se prefiere, una deuda familiar que (suponemos) necesitaba ser saldada. De un modo u otro, todos (lectores, personajes y autor) tenemos nuestras cuentas pendientes; novelas como esta nos lo recuerdan, afortunadamente.

Manuel Mira Candel,
El secreto de Orcelis,  Planeta, Barcelona. 370 páginas.